Epístolas de un hereje
Epístola 1
Querido Héctor:
Estoy bien. Después de tanto buscar, por fin encontré el convento del que te hablé en mi última carta. Aún me cuesta creerlo, pero ahora soy un monje. Sí, lo sé, suena extraño, sobre todo si consideras que este lugar es, en realidad, un centro de investigación. Nunca imaginé que la ciencia pudiera convivir con la religión de esta manera, pero aquí estamos.
No niego que al principio dudé. Sin embargo, estoy dispuesto a cualquier cosa con tal de aprender, de ser parte del futuro, aunque ese futuro vista hábitos y rece el padre nuestro por las noches. Te mantendré informado. Te extraño.
Saludos,
Efraín
Epístola 2
Querido Héctor:
Todo va bien, al menos en apariencia. El ritmo del convento es rígido y no admite distracciones. Creo que lo que más me incomoda son las oraciones nocturnas, pero supongo que ya me acostumbraré.
La madre superiora es más estricta de lo que imaginé. Su presencia impone la disciplina en el laboratorio. Habla poco pero, cuando lo hace, todos bajan la mirada. Hay algo en su voz que me asusta. En fin, cada quien con su personalidad.
Me asignaron a un equipo de investigación que, debo admitirlo, resulta apasionante. Estamos estudiando una nueva especie bacteriana a la que han llamado Petrilae Saellum, perteneciente a la familia de las Proteobacterias. Aún no ha sido descrita en ningún registro externo y eso, dicen, es parte de la misión del convento. Buscan adelantarse al mundo.
El primer caso documentado provino de un conejo de laboratorio que comenzó a mostrar una conducta inusualmente agresiva. No solo atacó a otros animales, sino que mordió a varios de mis compañeros antes de que lográramos contenerlo. Las heridas no parecían graves al inicio, pero hubo fiebres y cambios de humor difíciles de explicar. Todo se manejó con absoluto hermetismo.
Las reglas aquí son extremadamente severas. Hay pasillos a los que no podemos acceder y documentos que solo ciertos iniciados pueden consultar. Cada cierto tiempo, durante las vísperas, se anuncia el nombre de un nuevo seleccionado para ser “bautizado”. Ese ritual es su entrada definitiva a la orden. Nadie explica en qué consiste. Sin embargo, después de la ceremonia, el iniciado ya no vuelve a los dormitorios comunes.
Aún no me han llamado, aunque he notado que me observan con mayor atención. Tal vez sea pronto. No te preocupes. Sigo convencido de que este es el lugar donde debo estar. Aprendo más aquí de lo que hubiera aprendido en cualquier laboratorio convencional.
Saludos,
Efraín
Epístola 3
Hermano:
Empiezo a dudar si hice bien en venir. Desde hace días noto un cambio en el ambiente del convento. Varios de los compañeros que fueron iniciados recientemente no han vuelto a aparecer. No hay explicaciones y no se nos permite hacer preguntas. Simplemente dejan de ser mencionados, como si nunca hubieran estado aquí. La última vez que alguien quiso saber más al respecto lo terminaron azotando en el patio.
Entre los no iniciados corre un rumor. Dicen que para entrar verdaderamente a la orden es necesario beber una copa negra preparada en los laboratorios inferiores. Algunos aseguran que es parte del “bautismo”, pero otros creen que se trata de una prueba de fe. Quién sabe. Nadie que haya bebido esa sustancia habla de ello después.
Uno de los pocos que regresó de abajo se llama Herminio. Lo recuerdo como un hombre amable, meticuloso en el trabajo, incluso bromista durante las comidas. Ahora apenas puede hilar frases completas. Balbucea palabras cada cierto tiempo. A veces se le escapan risas nerviosas y, sin previo aviso, estalla en accesos de furia. Ayer intentó morder a uno de los novicios y tuvieron que sujetarlo entre tres.
La madre superiora observó la escena sin mostrar sorpresa alguna e incluso me pareció verla anotar algo en su diario.
Herminio evita la luz y se frota constantemente las manos. En el laboratorio, algunos dicen que está poseído, pero nadie se atreve a escribirlo en los informes. Yo mismo he notado similitudes inquietantes entre su comportamiento y el del conejo infectado.
Me siento profundamente incómodo, Héctor. A veces creo que nos observan, incluso cuando dormimos. No obstante, la investigación avanza y los resultados son prometedores. Me aferro a la idea de que el conocimiento que estamos generando justifica los sacrificios, aunque no estoy seguro cuál es el objetivo final.
Saludos,
Efraín
Epístola 4
Héctor:
Anoche ocurrió lo inevitable. Herminio se arrojó desde el campanario poco antes del toque de la mañana. Nadie gritó. Solo escuchamos el golpe seco contra el patio de piedra y, minutos después, el repique lento de la campana. Esta mañana su nombre ya no figuraba en los registros y no supe dónde terminó su cuerpo. Me da escalofríos de solo pensarlo.
Tras el incidente, la madre superiora reunió a todos en el claustro. Sin levantar la voz, ordenó que a partir de ahora usemos capuchas oscuras en todo momento, incluso durante el trabajo en los laboratorios. Dice que es un gesto de humildad, pero sé que es otra cosa. Ya no podemos reconocernos entre nosotros. Somos sombras que se desplazan en silencio entre los tubos de ensayo.
La lista de los no iniciados se ha reducido peligrosamente. Sé que pronto será mi turno. Lo presiento por la forma en que me observa la madre superiora.
Me han obligado a acelerar la investigación sobre la Petrilae Saellum. Los informes deben entregarse completos, sin omisiones. He llegado a comprender que cuando termine mi trabajo, beberé de la copa negra.
He visto el recipiente. No es vidrio ni metal. Parece piedra pulida, por lo que me imagino que es una pieza muy antigua. El líquido que contiene es espeso y desprende un olor difícil de describir, como a tierra húmeda mezclada con algo orgánico. Nadie me ha explicado su composición, aunque sospecho que sé la respuesta.
Cada vez me cuesta más enviarte estas cartas. Los pasillos están vigilados y el silencio es obligatorio incluso al escribir. Aun así, el mensajero sigue ayudándome. Es un amigo íntimo y confía en mí como yo confío en él. Si alguna carta deja de llegar, sabrás por qué.
Saludos,
Efraín
Epístola 5
Hermano mío:
Lo que más he temido por fin ha sucedido. Me tienen encerrado en las catacumbas. No sé cuánto tiempo llevo aquí abajo. No hay puertas ni ventanas, solo la humedad constante y una enorme reja oxidada. Me quitaron los instrumentos e incluso las plumas. Solo pude conservar este pedazo de papel gastado y un lápiz corto, mordido por otros antes que yo.
Escucho pasos sobre mi cabeza y voces que no logro distinguir. A veces, en las otras celdas, creo oír rezos. No me han dicho cuándo será mi iniciación. Tal vez esperan que el miedo haga su trabajo primero.
He repasado una y otra vez mis notas, tratando de recordarlas de memoria. La Petrilae Saellum es agresiva, pero vulnerable. Estoy convencido de que la vacuna funciona y que puede detener los efectos más violentos. Si mis cálculos son correctos, podría evitar que otros terminen como Herminio, o como el conejo… o como yo.
Si esta es mi última carta, por favor dile a nuestra madre que la amo, que pensé en ella incluso en el último instante. Dile que quise hacer algo bueno. No sé si saldré de aquí siendo el mismo.
Si llegas a recibir esta carta, no intentes venir. No preguntes. Olvida este lugar.
Te quiere,
Efraín
Epístola 6
Tod o esta bien
Yo contento.
No vengas
Efain
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https://substack.com/@epistolasdeunahereje?
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Qué honor que hayas usado mi nombre para escribir algo tan bueno. Hace mucho que no leía algo así, me encantó . Ojalá continúes la historia.
Increible como te va sumergiendo con tan poco en ese terror de la incertidumbre! A mi parecer da para un texto magnifico, gran trabajo!!