La señora Franceschi
No confíes en tus vecinos...
Cuando era joven, y quizá un poco más bonita, viví en una casa de estudiantes ubicada en el callejón del Olvido, justo en el corazón de Guanajuato. En ese lugar, el aire subía frío desde la madrugada y permanecía así de helado hasta altas horas de la noche. Tanto era así, que algunas vecinas culpaban a una extraña maldición por hacerlas vivir en un invierno perpetuo, aunque no creo que fuera para tanto.
Frente a nuestra entrada se encontraba el edificio que dominaba la vista de todo el callejón. Era una construcción del siglo XVIII, con cantera gastada que conservaba un tono gris verdoso y una fachada marcada con relieves que en ocasiones me parecían rostros de mujeres en pena. Por si el lugar no era lo suficientemente lúgubre, la casa nunca recibía luz del sol, ni siquiera un breve destello, pues siempre parecía dentro de una sombra que nadie entendía.
Allí vivía la señora Joan Franceschi.
Era una mujer mayor, quizá de poco más de cincuenta años, aunque se conservaba tan bien que resultaba inquietante a la vista. Tenía el cabello largo bastante liso, piel pálida y labios delgados. Además, aquella mujer siempre llevaba lentes oscuros, incluso en días nublados. Algunos decían que era extranjera, probablemente de alguna parte de Francia, pero solo eran rumores.
Decían que nunca salía y las pocas veces que yo la había visto era a través de la ventana baja de su casa, donde se quedaba tan quieta como una estatua, para después saludarme con un gesto lento.
La primera vez que habló conmigo fue en una tarde ventosa. Era viernes, lo recuerdo muy bien. Yo colgaba mi ropa recién lavada en el balcón, mientras el viento empujaba suavemente mis cortinas hacia el callejón.
- Señorita - me dijo ella desde su ventana - ¿Podría acercarse un momento?
Su voz me sorprendía. Era suave como el canto de una flauta.
- Buenas tardes - respondí yo.
- Quería pedirle un favor - comenzó a decirme - ¿Podría ayudarme comprando un par de filetes de carne en la carnicería del centro? Agradecería mucho su tiempo. Como podrá ver, llevó muchos años encima y ese camino siempre se me hace pesado. Subir el callejón me deja sin aliento y últimamente me cuesta bajar también, así que cualquier ayuda la apreciaría. No quisiera molestarla, pero confío en que usted entenderá mi situación.
Acepté sin pensarlo demasiado. La señora Franceschi me dio unas monedas envueltas en un pañuelo de seda y me aseguró que podía quedarme con el cambio. La carne era para ella y su marido, al menos eso me dijo. Yo le aseguré que volvería pronto y ella me lo agradeció con una leve inclinación de su cabeza.
Regresé al rato con el encargo y ella me recibió en la entrada de su casa. Llevaba un vestido antiguo, propio de otra época, con pliegues pesados y un corte que recordaba a los retratos que solía ver en los museos. La tela tenía un color apagado que resaltaba su figura delgada.
Al extender la mano para tomar el paquete, me sorprendió descubrir que su piel no mostraba rastro alguno del paso del tiempo, pues era muy tersa, casi como el rostro de un bebé. Además, llevaba varios anillos que llamaron mi atención de inmediato. Brillaban con un fulgor auténtico y yo estaba segura de que eran de plata y oro de verdad. Me sorprendió genuinamente que los usara así como si nada, ya que eran piezas demasiado valiosas para usarse a plena vista.
La rutina para ayudarle con su mandado se repitió por varios días. Cada mañana la señora Franceschi me llamaba desde su ventana y me encargaba algo distinto. Un día fueron filetes delgados, al siguiente un trozo más grueso para guisar, y en alguna ocasión me pidió ciertos cortes que yo apenas conocía y que el carnicero tenía que buscar en la parte posterior del mostrador. Con el tiempo comprendí que ella distinguía perfectamente entre cada tipo de carne, pues siempre preguntaba por texturas específicas, colores más rojos o más pálidos, así como por piezas que, según decía, conservaban mejor el sabor. Yo regresaba con cada compra envuelta en papel grueso, consciente de que su elección nunca era por simple casualidad.
Al paso de los días también sostuvimos breves conversaciones cada vez que le entregaba sus pedidos. Hablábamos con cautela sobre la soledad, un tema que surgió con naturalidad entre ambas.
Le conté que yo no tenía muchos amigos en la ciudad y que mi familia permanecía lejos, ocupada en su propia vida, de modo que pasaba la mayoría de mis tardes en silencio. A su vez, la señora Franceschi me confesaba que tampoco conservaba una vida social. Con los años, según me contó, las visitas se habían vuelto escasas y las personas que conoció se fueron marchando hasta dejarla prácticamente sola en aquella enorme casa y, al final, sólo se había quedado con su marido, quien tampoco hablaba mucho.
Cuando conversábamos, ella me escuchaba con atención, inclinando un poco la cabeza detrás de sus lentes oscuros. Aquellos intercambios, aunque breves, se convirtieron en una rutina extraña que me brindó una sensación de compañía que no esperaba encontrar en un sitio tan aislado y mucho menos con una mujer mayor.
Una mañana, cuando le entregué el paquete de carne fileteada, habló con un tono que no había usado antes.
- Hoy quería pedirle que pasara un instante a mi humilde casa - me propuso, mientras yo reía por lo bajo, pues su casa no tenía nada de humilde - Deseo regalarle algo por su amabilidad y su compañía.
Dudé al principio en aceptar.
Durante un instante pensé en excusarme, aunque la forma en que ella me miró desde la penumbra despertó una intriga que me resultó más fuerte que cualquier advertencia interna. Avancé unos pasos y crucé la puerta. En cuanto lo hice, el aire cambió de manera abrupta, como si hubiera ingresado a un corredor oculto bajo tierra. La madera de la entrada se cerró detrás de mí con un crujido lento que resonó en mis oídos y sentí un estremecimiento en el estómago, aunque ya no pude retroceder.
El interior estaba helado, con un frío que parecía brotar del suelo y ascender por mis piernas hasta entumecerme los brazos. Ningún rayo de luz entraba por las ventanas, de modo que la penumbra se extendía sin interrupción a lo largo de todo el corredor. Debido a ello, las sombras se acumulaban en todos los rincones de la casa.
A cada paso, el piso crujía ligeramente con un lamento seco que se prolongaba en el eco de los pasillos. Los muebles, enormes y cubiertos por un barniz oscuro que había perdido su brillo, se alzaban contra las paredes como guardianes inmóviles. Entre ellos distinguí varias figuras de porcelana con trajes antiguos, tan detallados que daban la impresión de seguir mis movimientos.
Avanzamos por corredores estrechos que se curvaban con una estructura irregular, sin seguir un plano coherente. Las paredes, cubiertas por capas de pintura oscurecida, parecían acercarse a medida que caminábamos, de modo que tuve que pegar los brazos al cuerpo para no rozarlas.
Me sorprendió descubrir que la casa carecía de sala y comedor. Tampoco encontré ningún espacio destinado a la convivencia, pues no había ninguna mesa, sillón o algún mueble que invitara a sentarse. En su lugar, se abrían cuartos desnudos que mostraban su vacío sin disimulo.
Mientras avanzábamos, nuestros pasos resonaron en esos espacios deshabitados y el eco se propagó con un tono hueco que me hizo sentir que la casa tragaba cada sonido con una atención casi consciente.
De la nada, un gato cruzó frente a mí y me hizo lanzar un grito infantil. Su cuerpo se movía con rigidez y su cuello giró con torpeza antes de perderse detrás de un ropero.
- Solía moverse mejor - comentó la señora Franceschi - La edad lo alcanzó hace tiempo… igual que a mí.
Caminamos hasta un pasillo pequeño adornado con un tapete descolorido que mostraba hilos sueltos y manchas antiguas, señales de que había permanecido allí durante décadas.
El aire en esa parte de la casa se volvió aún más frío, si es que aquello podía ser posible. Nos detuvimos frente a una puerta cerrada, cuya madera tenía un tono oscuro y una superficie marcada por golpes, así como arañazos que no pude identificar, aunque supuse que eran obra del gato.
Mientras la señora Franceschi apoyó la mano en el picaporte, noté que ese día no usaba sus anillos.
- Hace años, esta casa tuvo vida - dijo con cierta nostalgia antes de abrir - Había risas, voces y hasta música. Eso, claro, hasta que la ciudad cambió tanto que su brillo se apagó. También perdí personas y de muchas ya no recuerdo sus nombres. Por eso aprecio su ayuda. En mi vida las visitas se volvieron raras y yo también me encuentro tan sola, señorita.
Mientras hablaba, se inclinó hacia mí sospechosamente y sentí como su rostro se acercaba más de lo necesario. Sentí su aliento en mi mejilla. Un escalofrío subió por mi cuello, por lo que intenté retroceder con discreción.
- Antes de darle su regalo - agregó - quiero presentarle a mi esposo. Está muy enfermo. Lleva años en cama y no abandona su habitación.
La propuesta me tensó el estómago.
- ¿Quiere que lo visite? - pregunté alarmada - Me parece algo inapropiado.
- Le hará bien verla - respondió - Siempre se alegra cuando sabe que llega gente joven a este callejón.
No supe cómo negarme y asentí sin convicción. Entonces, la señora Franceschi abrió una puerta con lentitud.
Al entrar al cuarto, no percibí el olor de una habitación ocupada por un enfermo, sino un aroma denso a piedra húmeda que me recordó a esos sótanos antiguos que nunca han recibido aire fresco. La temperatura descendió de inmediato y el aire que exhalé se disolvió frente a mí con lentitud.
Esperé encontrar una cama, quizá un cuerpo recostado bajo mantas pesadas o una mesilla con frascos de medicina. Sin embargo, al habituarse mis ojos a la penumbra, descubrí en el centro del cuarto un ataúd de mármol.
Su superficie clara destacaba entre las sombras y las vetas grises que lo recorrían parecían moverse bajo la luz tenue. Permanecí inmóvil ante aquella presencia fría, incapaz de comprender por qué un objeto tan solemne ocupaba el lugar donde debía estar una cama.
Retrocedí de inmediato, incapaz de contener el impulso. El corazón me golpeó con tanta fuerza en el pecho que sentí el pulso en la garganta y en las sienes. Di un paso hacia atrás con torpeza y el tacón de mi zapato rozó el borde del tapete, lo que me hizo perder un instante el equilibrio. Alcé la vista con la intención de huir sin mirar más ese horrible ataúd, pero al girarme me encontré con la figura de la señora Franceschi ocupando por completo el marco de la puerta.
No hizo ruido al colocarse allí. Simplemente apareció ahí, erguida y silenciosa, con los lentes oscuros reflejando la escasa luz del cuarto. Su postura firme bloqueó la salida y su presencia me envolvió con una sensación de encierro que me heló la columna.
Su expresión había perdido toda suavidad. Los lentes reflejaron la penumbra del cuarto con un brillo opaco, pero de pronto levantó una mano y los deslizó hacia arriba con un gesto lento.
El movimiento fue tan silencioso que sentí que el aire mismo contuvo la respiración. Cuando los retiró por completo, pude ver sus ojos sin barreras. Eran intensos, de un tono profundo que me recordó a las brasas encendidas de algún candelabro.
Ella no parpadeaba ni se movía. Sencillamente clavó su mirada en mí con una firmeza que me obligó a retroceder otro paso, aunque ya no tenía espacio para hacerlo. Esa mirada, tan fija y tan ajena a cualquier rastro humano, envolvió la habitación con una tensión que me paralizó.
Durante un instante, tuve la certeza de que ya no miraba a la mujer amable de la ventana, sino a algo que había estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo.
La señora Franceschi sonrió con calma.
- Ahora ya no estaremos solas - dijo con voz tranquila.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe sordo.
Y así comenzó mi estancia en esa casa donde nunca amaneció.
¿Te gustó el texto? La idea surge del nombre de uno de mis seguidores, a quien le agradezco la inspiración. Lo puedes encontrar aquí en Substack para apoyarlo. Aquí te dejo el enlace a su perfil para que pases a apoyar su contenido:
https://substack.com/@jafranceschi?utm_source=substack-feed-item




¡Eric! 🤣 ¡Esto es absolutamente magistral!
Me has dado el papel más elegante y aterrador que he interpretado jamás: la Vampiresa Gótica que atrae a sus víctimas con conversaciones sobre la soledad. ¡Los lentes oscuros y el vestido antiguo son el outfit perfecto para la inmortalidad!
El giro de la carne específica es genial, y mi pobre marido que "no habla mucho" en el ataúd de mármol es la cereza del pastel. Un aplauso por esa ambientación de Guanajuato y la forma en que el aire helado anuncia mi presencia.
Un honor ser la anfitriona de tu horror. ¡Ahora a esperar a ver qué tipo de "compañía" le espera a esa pobre joven! 😉 ¡Muchísimas gracias por el tremendo homenaje! ✨
Si no te importa, te enlazo esta historia en la ronda de enlaces de este domingo. Me ha parecido buenísimo... esa idea del depredador silencioso y taimado está muy bien descrita.