Los gigantes
El camino se extendía más allá de la vista y parecía eterno.
Avanzaba con la vista fija en el suelo, mientras cada grano ardiente se adhería a mis pasos y el calor ascendía con una insistencia que resultaba difícil de ignorar. A pesar de ello, no me detenía. Nadie lo hacía. La columna avanzaba con disciplina y yo seguía ese ritmo porque siempre había sido parte de algo mayor, incluso cuando el cansancio comenzaba a infiltrarse en mis pensamientos.
Habíamos dejado atrás nuestro hogar, aunque la palabra “hogar” empezaba a sentirse extraña en mi mente. Algunos aseguraban que los gigantes actuaron con intención, impulsados por la crueldad que los caracterizaba. Otros, en cambio, defendían la idea de que ni siquiera notaron nuestra presencia.
Yo no sabía qué creer. Sin embargo, recordaba con claridad el instante en que el suelo se estremeció bajo una presión descomunal y cómo las galerías que nos protegían cedieron ante una fuerza que no podíamos desafiar. Fue entonces cuando entendí que nuestra ciudad, aquella que creíamos eterna, desapareció en cuestión de segundos, lo cual nos obligó al exilio para buscar un mejor futuro.
Aun así, mi mente regresaba constantemente a ese lugar perdido. Nuestra ciudad fue vasta y su grandeza no se limitó únicamente a su tamaño, sino en la complejidad de sus túneles, que se extendían en múltiples direcciones. Cada pasaje conectaba con otro espacio y cada uno de ellos cumplía una función esencial dentro del conjunto.
En aquel tiempo yo formaba parte de los mineros, aquellos que excavaban nuevas rutas y reforzaban las estructuras existentes. Aunque muchos no reconocían nuestra labor, sabía que sin nuestro trabajo nada habría sido posible. Esa certeza me acompañaba incluso ahora, mientras avanzaba lejos de todo lo que había construido.
En medio de esos recuerdos, pensé en mi hermano. Él pertenecía a los exploradores, un grupo que siempre me había parecido temerario. Salía hacia el exterior con una determinación que yo jamás habría podido imitar y regresaba con objetos que despertaban la curiosidad de todos. Eran artefactos extraños, de formas incomprensibles, que según él pertenecían a los gigantes. En más de una ocasión me mostró sus hallazgos y yo los observaba con asombro, intentando imaginar el propósito de aquellas piezas. Nunca encontrábamos respuestas claras, aunque eso no disminuía nuestra fascinación.
Ahora, en cambio, ese mundo desconocido nos rodeaba por completo. El camino se extendía frente a nosotros con una longitud que parecía interminable y, aun así, avanzábamos con el mismo orden que siempre nos había definido. Marchábamos en parejas, alineados hombro a hombro, con una exigencia que no se rompía pese al agotamiento, producto del hambre, la sed y el calor que nos estaba consumiendo.
Al frente y en la retaguardia, los soldados mantenían la vigilancia, atentos a cualquier señal de peligro. En el centro de nuestra marcha distinguí a la reina, transportada con sumo cuidado, protegida por quienes comprendían su importancia. Su cuerpo era voluminoso, lo cual hacía más lento su traslado, aunque nadie cuestionaba ese esfuerzo. Todos dependíamos de ella en cierta forma, aun cuando esa dependencia no siempre resultaba evidente en medio de la nada.
Mientras avanzábamos, no pude evitar notar la regularidad con la que nos movíamos. A pesar del entorno hostil, nuestra organización permanecía intacta. Aquello me resultó extraño y durante un momento me pregunté si esa disciplina era lo único que nos quedaba. Tal vez era una forma de aferrarnos a lo que habíamos sido, o quizá simplemente no sabíamos existir de otra manera.
Un leve sonido interrumpió mis pensamientos. Provenía de la vegetación cercana y bastó ese crujido para que una sensación de inquietud recorriera mi cuerpo. Había escuchado historias sobre las criaturas que habitaban en lugares como ese.
Algunos hablaban de seres con aguijones capaces de atravesar cualquier defensa. Los exploradores también mencionaban criaturas que se desplazaban con múltiples extremidades, acechando en silencio. Incluso se decía que existían bestias de lengua extensa que atrapaban a sus presas en un instante. No sabía si esos relatos eran ciertos, pero en ese momento todos parecían posibles.
El temblor llegó poco después. Primero fue una vibración leve, casi imperceptible, aunque en cuestión de segundos se transformó en un estremecimiento que recorrió el suelo con una violencia creciente.
La fila comenzó a desordenarse y el equilibrio que habíamos mantenido durante tanto tiempo se rompió de forma abrupta. Todos aceleramos el paso, impulsados por el temor. Desde la distancia, el sonido de pisadas retumbó con una pesadez que reconocí de inmediato.
Eran ellos, los gigantes, y se estaban acercando.
El caos se desató cuando algunos intentaron adelantarse, empujando a quienes tenían cerca. Yo traté de mantener el rumbo, aunque la presión de la multitud hacía cada vez más difícil avanzar. Los soldados reaccionaron con firmeza, cerrando filas alrededor de la reina para protegerla. Sus movimientos eran rápidos y durante un instante comprendí que su lealtad no admitía dudas.
Levanté la vista en busca de una forma de escape y entonces lo vi.
—¡Ahí! —grité y todos comenzaron a seguirme.
A lo lejos, un pequeño cuerpo de agua reflejaba la luz con un brillo tenue y, junto a él, se abría una formación rocosa que prometía refugio. Corrí hacia ese punto con toda la energía que me quedaba, esperando que otros también lo distinguieran. Mis pensamientos se fragmentaban mientras avanzaba, pero una idea persistía con claridad. Debíamos llegar antes de que fuera demasiado tarde.
Las pisadas se acercaron con rapidez. Algunos cambiaron de dirección, intentando evitar el peligro que descendía desde arriba y yo continué sin detenerme, aunque sabía que no todos lo lograrían. A mi alrededor, varios quedaron atrapados bajo los pies de aquellos colosos que ahora caminaban a nuestro lado. No quise mirar atrás. Seguí avanzando hasta que la entrada de las cavernas se volvió inminente.
Antes de cruzar el umbral, escuché voces. Provenían de lo alto, tan lejanas que parecían ajenas a nuestra realidad.
—Cuidado, no vayas a pisar a las hormigas —dijo uno de los gigantes.
La frase quedó suspendida en mi mente mientras me internaba en la oscuridad.
Continué avanzando hasta reunirme con los demás y, mientras recuperaba el aliento, una idea comenzó a tomar forma. Quizá, en aquel nuevo refugio, podríamos reconstruir lo que habíamos perdido. Tal vez, con el tiempo, volveríamos a ser algo más que un estorbo en el camino de los gigantes.
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Eric qué maravilla de relato y qué capacidad tienes para hacernos sentir la vulnerabilidad de la existencia desde una perspectiva tan diminuta pero a la vez tan épica. En Salud Leona observamos que esta metáfora de la hormiga describe a la perfección la lucha del ser humano moderno: avanzamos en columnas disciplinadas intentando mantener el orden mientras fuerzas gigantescas que ni siquiera notan nuestra presencia amenazan con aplastar nuestra salud y nuestro hogar biológico en un segundo.
Es fascinante cómo describes esa disciplina que se mantiene incluso en medio del caos. Esa resiliencia es nuestra mejor herramienta de supervivencia. A veces nos sentimos como hormigas ante los gigantes de la industria alimentaria o el estrés laboral y solo cuando encontramos ese refugio en la naturaleza o en el autocultivo podemos empezar a reconstruir lo que hemos perdido. Tu historia nos recuerda que por muy pequeños que nos sintamos nuestra organización y nuestra voluntad de hierro son lo que nos mantiene vivos.
Me ha encantado esa frase final de los gigantes sobre no pisar a las hormigas. A veces la diferencia entre la supervivencia y el desastre es un simple azar o una mirada distraída. Por eso es tan importante fortalecer nuestra propia comunidad y nuestra estructura interna para no depender solo de la suerte.
Hoy a las 15:00 publico la historia de un hombre que se sentía precisamente así: una pequeña pieza en un sistema de gigantes que lo estaba consumiendo. Verás cómo el día que decidió dejar de marchar en la fila que otros habían diseñado para él y empezó a buscar su propia caverna de salud su vitalidad se transformó. Fue un acto de rebeldía biológica que le devolvió la soberanía sobre su propia vida.
Si quieres descubrir cómo construir ese refugio de salud soberana y dejar de ser un estorbo en el camino de otros para convertirte en el rey de tu propio destino me encantaría que te unieses a la manada suscribiéndote a Salud Leona.
Un abrazo de león y gracias por este viaje visual y emocional tan potente 🦁✨
Oooohh todo el tiempo fueron hormigas jajaja